Hace treinta años, cubrir una guardia de radiología significaba estar disponible en casa, recibir un llamado a cualquier hora y manejar varios kilómetros hasta el hospital para ver unas pocas imágenes impresas en película. Hoy, ese mismo trabajo se hace desde una computadora, a distancia y sin salir de casa.
La transformación no ocurrió de un día para otro, pero la pandemia aceleró un proceso que la tecnología ya venía empujando. Las salas de lectura —las tradicionales reading rooms— empezaron a vaciarse, no por falta de profesionales, sino porque dejaron de ser imprescindibles. Los sistemas PACS, las plataformas de visualización remota y las conexiones seguras hicieron posible informar estudios críticos desde prácticamente cualquier lugar.
Pero el cambio no es solo técnico. La cantidad de estudios crece de forma sostenida —alrededor de un 5% anual— mientras que la formación de nuevos radiólogos avanza a un ritmo menor. Esa brecha convierte a la teleradiología en una herramienta estratégica para sostener la demanda.
El radiólogo ya no trabaja en un único lugar. Trabaja en red, combina presencialidad con modalidad remota y cubre instituciones que de otra forma no tendrían acceso a especialistas. El consultorio físico no desaparece, pero deja de ser el centro de la práctica. La guardia no solo cambió de lugar. Cambió de lógica. Y en ese cambio, también cambian las condiciones del trabajo: la autonomía, los tiempos, la organización y el vínculo con el equipo clínico.
Porque hoy no se trata solo de dónde se informa un estudio. Se trata de cómo se sostiene una práctica que ya dejó de estar atada a un solo lugar.